¿Qué otra conducta arquetípica entraña el acto de sorber, especialmente si se sorbe de otro lo que se necesita para seguir funcionando? El trabajo asalariado, claro. No en balde con el tiempo, especialmente en nuestra sociedad capitalista, doblemente ahora que nos azota la crisis económica, el empresario (si es español con mayor motivo) ha sido adornado y honrado con múltiples tropos que lo hermanan con lo más granado del parásito universal: la sanguijuela, la tenia, el chupóptero, el vampiro.
Érase una vez un chupasangres...
Porque la función parasitaria es universal, y porque son universales nuestros placeres orales, es universal también nuestro monstruo de hoy: nosferatu, hominis nocturna, vurdalak, upir, vampyr, el vampiro de toda la puta life. De él hablaremos hoy, así como de sus primos (y retoños) más cercanos.
Nada mejor que comenzar volviendo la vista hacia sus precedentes literarios, dado que han sido ellos quienes nos han traído el modelo de vampiro tal y como lo conocemos. No cabe duda de que el irlandés Bram Stoker fue quien le dio relevancia cultural y mediática, quien definió el arquetipo del monstruo nocturno bebedor de sangre y perpetuamente enemistado con el Dios cristiano, aunque cabe aclarar que no fue el único ni el primero, tanto en su propia patria como fuera de ella. W.Sheridan Le Fanu, Lord Byron o Alekséi Tolstoi (pariente de Lev) contribuyeron tanto o más a la construcción de uno de los grandes monstruos de todos los tiempos, aunque sus contribuciones fueron eclipsadas y finalmente condenadas al olvido por la reinvención sobrenatural y monstruítica del malvado Vlad Tepes.
La influencia de Stoker en el parto de la criatura ha marcado al vampiro hasta el punto de barrer cualquier erferencia previa. La "Carmilla" de Le Fanu, pese a mantener obvias similitudes con Drácula, es una criaturilla frágil y apasionada que, lejos de purgar una maldición o transitar el ultramundo en guerra abierta con las fuerzas de la cristiandad, es víctima de una pasión lésbica devoradora, cuya consunción se ceba en los objetos de su deseo: quien bien te quiere te hará sufrir, dicen. Carmilla no sólo te hará sufrir, sino que te sorberá hasta el tuétano y bailará sobre tu cadáver.
Sin embargo el vamipro no comienza ni acaba con la heroica resistencia de Vlad Tepes en Rumanía frente al invasor musulmán, mucho menos con la novela de Stoker, sino que se remotna hasta la antigüedad. Mesopotámicos y egipcios advertían a sus retoños de lo que supondría adentrarse en determinados páramos, de lo que pasaría si permanecían despiertos al llegar la noche, o si desobedecía ciertos preceptos religiosos. Como monstruo el vampiro no puede dejar de ser un escarmiento para los niños desobedientes y una advertencia dirigida a disidentes e incrédulos. Así, Lamia, por el mero hecho de ser hermosa ( y de excitar al siempre presto y pichabravesco Zeus) fue castigada por la eternamente celosa Hera, y tomó cumplida venganza en los jóvenes que se adentrasen en la noche en contra de los deseos de sus padres. Vampíricos son también los orígenes de Lilith, como lo son los cultos antropófagos que perpetúan la vida a través de la carne de sus enemigos. Sus derivaciones en el folklore europeo fueron filtradas y maceradas por la tradición cristiana (católica en centoeuropa, ortodoxa en el este) hasta obtener algo muy parecido al vampiro tal y como nos ha llegado a través del cuento popular y la literatura moderna. Había vampiresas en El Asno de Oro, y también en la obra de Jan Potocki; la psicología también se ha interesado por esta sombra de la animalidad inconsciente, de un sustrato primitivo que desaloja la barbarie sorbiendo coágulos de sangre. El vampiro es el reverso tenebroso de la felación.
No es tampoco cuestión de barruntar - bastante se ha hecho ya al respecto- posibilidades sobre la genealogía del monstruo, y bastante han hecho ya historiadores, folkloristas y médicos (!) para seguirle la pista en el tiempo. El perturbador rastro del vampiro se pierde en zig-zag pasado abajo hasta diluirse en el caldo prebiótico de nuestros orígenes. Quién sabe si no surgió de la pesadilla de un troglodita, un bosquimano que observase con una mezcla de horror y fascinación los daños del roedor chupasangres sobre el ganado, o un mal sueño caldeado a lo largo de una tórrida noche estival tras un atracón de carne de mamut.
El caso es que el tuétano de los mitos no es fácilmente aprehensible desde la bibliografía al uso, el método fenomenológico o la escpeculación filosófica. Vampiros, brujas, espectros y licántropos son sólo un recuerdo de épocas pretéritas entrevisto aquí y allá por testigos dudosos y literatos predispuestos al adorno. De ahí que sean tan fascinantes.
Añadamos la curiosidad médica. ¿Es el vampirismo un reflejo distorsionado de una dolencia física? Desde luego la porfiria da el tipo.
Cuidado con la foto, que muerde.
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Vampiro metamorfo, vampiro cambiante
El vampiro de Stoker, que es el vampiro de la tradición europea decimonónica, tiene la capacidad de modificar su forma a voluntad. Hoy es un marquesito pijotero, mañana un lobo que aúlla a la luna como en los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente, la semana que viene el murciélago colgante y "kitch" de las películas de la Hammer. . El vampiro ortodoxo, ese conde alambicado calzado con capas de ala ancha y rubricado con un bigotillo de playboy mediterráneo no podía durar demasiado, y su estampa se ha convertido en una parodia de serie-B. Bela Lugosi y Cristopher Lee fueron los grandes paladines de este vampiro classy y seductor, moviéndose en escena como una sombra y chapoteando sobre inmensos charcos de sirope de cereza, mojando bragas a destajo con esas "erres" arrastradas de perfecto ligón europeo que tanto gustan al público americano. Poco a poco el vampiro ha ido despojándose se su esencia y abandonando los castillos umbríos para hacerse a las ciudades modernas.
Tras la aberrante producción literaria y cinematográfica que tiene al upir como protagonista subyace algo más que el interés espúrio y la explotación de franquicias. Se trata de un personaje que se niega a morir (del todo) y no duda en abandonar las que serían sus señas de identidad en favor de nuevas encarnaciones más cercanas al gusto mayoritario, al interés de la juventud. Un monstruo sin prejuicios, vamos. Vampiros karatekas, vampiros cow-boys, vampiros gays, vampiros moteros, vampiros ochenteros con hombreras... Basta con revisar taquillazos recientes como la saga Blade, Crepúsculo o Buffy Cazavampiros (me encanta esa serie) para comprobar cómo el público responde entusiasta a la llamada de la hemoglobina. O de la eternidad, que en el actual panorama de vampiros afeminados (cuánto mal ha hecho Anne Rice) no termina de ser algo más que un deseo de inmortalidad envuelto en un aura de frivolidad rampante. Esperemos que en un futuro los avatares del vampiro se sobrepongan a la abulia de estos tiempos de música electrónica y fanfarria goth para atisbar un porvenir en el que el mito vuelva a cargarse de connotaciones metafísicas (el temor a la muerte, el animalismo del lado oscuro, la liberación de deseos y apetencias inconfesables), sobrevolando con alivio el tórrido vacío de la posmodernidad de diseño.